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La angustia
por Laura Vaccarezza

Desde un principio fue evidente para mí que la angustia
de mis neuróticos tenía mucho que ver con la sexualidad...
Sigmund Freud (manuscrito E 1894)

En algún momento de nuestra vida, todos experimentamos lo que es la angustia, incluso sus diferentes modalidades de presentación. A veces, es una experiencia casi cotidiana: sentimos angustia al despertar, al comienzo de un nuevo día que hay que afrontar, con trabajo, responsabilidades, decisiones, etc. También experimentamos angustia frente a un día vacío, un día libre, un fin de semana. Otras veces, paradójicamente, nos sorprende, nos invade en un momento inesperado, es más, en un momento en que estamos tranquilos, disfrutando, e inexplicablemente comienza el malestar. Sensación de muerte, de ahogo, opresión en el pecho, malestar en la boca del estómago aparecen como signos de una muerte inminente que paraliza e incluso impide prácticamente vivir. A veces, la idea del suicidio surge como un alivio a este sufrimiento.

Ese sufrimiento es muchas veces incomprendido por quienes rodean a la persona que lo padece y, en ocasiones, se cansan de ver cómo su amigo , pareja o su propio hijo o hija les alteran la vida "con sus tonterías". Apelan a la voluntad, diciéndole que "eso no es nada" y que "hay que ser sensatos", que "no hay nada que temer",etc. Estos razonamientos son absolutamente inútiles a la hora de salir a la calle, coger un metro, un avión , ir al trabajo, salir por la noche, entrar en un hospital, sentir algún dolor que, por más leve que sea , para ese sujeto será indicador de infarto , cáncer etc. Es decir que, frente a la vida, a las decisiones que se deben tomar, a la impotencia del ser humano para dominar su existencia, reaccionará o se las arreglará de diferentes modos: inhibiéndose de actuar, posponiendo sus decisiones o haciendo síntomas de lo más variados. Podemos incluir aquí una larga serie que va desde los problemas escolares, las enfermedades denominadas psicosomáticas , las drogadicciones, etc.

La angustia es un afecto, un sentimiento de displacer, una señal de que algo no funciona. Podríamos decir una señal que advierte de un peligro inminente, una señal de alarma que se pone en marcha frente a peligros de la vida real (robo, atraco, etc) siendo, en estos casos, una señal que protege y que nos ayuda en muchos momentos a cuidarnos; sin embargo, en otras ocasiones la señal se pone en marcha porque un acontecimiento incluso banal- de la realidad evoca un miedo antiguo de esa persona. También la angustia puede producirse sin que haya ningún suceso en la realidad que lo desencadene y se manifiesta como "algo que nos viene de dentro".

¿Qué podemos hacer con esta señal?, intentar ignorarla es bastante difícil, puesto que decir "no pasa nada" no hace que la angustia se calme y, si se logra momentáneamente, no quiere decir que no vaya a volver con igual o más fuerza. Otra posibilidad es intentar hacerla desaparecer o calmarla con medicación. Esta opción, muy eficaz en algunas ocasiones, tiene el riesgo de que "la pastilla" se transforme en el centro de la vida de la persona, al punto de que su vida llegue a girar alrededor de la dosis, el psiquiatra, la receta, la farmacia, los efectos secundarios (que no son pocos), y un largo etc., no muy diferente a lo que entendemos por una adicción. No digo con esto que no hay que medicar al paciente, sino que se ha de hacer con prudencia, para que no se transforme en un problema más.

La tercera opción, y por la que me inclino, es la de interrogar a esa señal, preguntarnos: ¿por qué surge?, ¿qué nos está diciendo?, ¿qué la desencadena?, ¿por qué en ese momento?, ¿relacionada con qué situación?, ¿en qué otros momentos de la vida apareció?, etc.; es decir, nos interrogamos e interrogamos a quien nos consulta por la "causa".

¿Cuál es el sentido de interrogar a aquello que nos trae el posible analizante en sus distintas manifestaciones? Interrogamos, escuchamos incluso el silencio del autista, para saber qué lo ocasiona, qué "lo causa" como sujeto. Para que pueda, junto con el analista, descubrir qué factores operaron en su historia, qué fantasmas, qué realidad, le llevan a manifestarse de un modo y no de otro, determinando su vida.

El "saber la causa", el "ser consciente" del porqué de sus angustias, es lo que le permite conducirse de otro modo. ¿Cuál es la causa de la angustia?

Para Freud, el origen de la angustia está en la sexualidad, una sexualidad que al no haberse canalizado satisfactoriamente puede producir inhibiciones, síntomas y angustia.

Pero ¿de qué sexualidad se trata?. Nos lo aclara Lacan cuando dice "no hay relación sexual", es decir, no hay posibilidad de un acoplamiento total con el Otro , es decir que no es posible fusionarse, hacer Uno.

Sin embargo, la creencia en la posibilidad de ese encuentro causa deseo y es el motor que nos lleva a buscar ese objeto que podría colmarnos pero que, paradójicamente a su vez, si se acerca produce angustia, porque si se colma es el fin: ya no hay nada más por lo que moverse. Esto hace que el neurótico se las arregle de todas las maneras posibles para no satisfacer su deseo, porque cree en esa posibilidad, y esa posibilidad sería para él el fin de todo, la muerte, la locura.

Movimiento circular y paralizante que impide, retrasa el acto - cualquiera que sea- en la suposición de que se juega la vida, sin saber que es su vida la que hipoteca por una suposición.

El psicoanálisis cura sin dar instrucciones, sin indicar ejercicios, lo hace ayudando al sujeto a extraer de sí mismo un saber que no sabe que posee. Saber que no hay ningún objeto para colmar ese deseo, que el objeto es un objeto profundamente perdido y que nunca existió. Apropiarse de ese saber sobre su fantasma, es lo que le permitirá dejar de vivir sometido y temeroso del saber supuesto a los demás que - desde su infancia- le han dicho qué es "lo que más le conviene", marcándole "el camino que ha de seguir en la vida".

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