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Eros se escribe en singular. Un comentario de la Gradiva de Freud, por Mercè Altimir

En la lección correspondiente al 16 de enero de 1973, Lacan se divierte haciendo burla de la ambición del discurso universitario, contemporáneo al seminario Encore, en su pretensión de encender un candil en el problema de la sexualidad. Sus dardos apuntan en especial a la imposibilidad de tal abordaje desde una perspectiva que insiste en la unión, en el mito unificador del amor, y que rechaza la dimensión de la falta; es decir, desde una atalaya anclada en una orientación que no contempla el hecho, poco apto sin duda para los amantes de la buena digestión, de la «ausencia de relación sexual» entre los seres hablantes; por cuya causa, en la experiencia psicoanalítica no podemos hablar, en referencia a nuestra especie, de macho y hembra en los términos habituales de la zoología.(1) Todavía bajo el efecto de la humillación ocasionada por la patada de Darwin a la falacia del origen divino, y esencialmente espiritual, del hombre, trastabillamos de nuevo ante la otra triste realidad que nos dice que el ser animal nos está igualmente vedado. Ni dioses ni animales, la situación del hombre es paradójica. ¿Somos semejantes a los dioses, o al menos a querubines caídos o a diablos pasibles de redención? No. ¿Lograremos, de vuelta a la madriguera original de la que durante siglos no quisimos saber nada, ser aceptados en la cofradía de nuestros hermanos animales, esos que tienen cola? No. ¿Somos, pues, una solución de compromiso entre los primeros y los segundos, un ser híbrido fabuloso entre animal y hombre tal como los hallamos, extraños e incomprendidos en su exótica lejanía, en los antiguos dioses egipcios, o en las quimeras, representaciones de lo incógnito por cuyo mérito las religiones antiguas estarían más cerca de la verdad que la antropocéntrica religión cristiana? No, tampoco. ¿Qué somos, entonces? ¿Cómo tratar de decir eso que somos?

Entre hombre y mujer existe un muro inexpugnable. Para cualquiera esa es la experiencia más común y, a falta de encontrar una explicación más sujeta a la razón, atribuimos el agravio a las causas más peregrinas, o también a menudo sospechosamente obvias: evolutivas, genéticas, sociales, religiosas. Sin embargo, la sexualidad de la especie hablante nos coloca frente a un enigma fecundo si no lo cerramos en falso, y si dejamos de ansiar lo que quizás no está en su mano darnos ni respondernos.

¿Es posible una ciencia de la sexualidad humana tal como la concibe la universidad? El filósofo de la ciencia Thomas S. Kuhn desmiente la identificación popular del científico con el amante de la verdad, y afirma que la mayor parte del esfuerzo del investigador dedicado a la ciencia rechaza la sorpresa y la verdad a favor de la voluntad de armar y completar un puzle cuyas directrices y cuyo marco de llegada ya están determinados de antemano. Las disciplinas científicas avanzan en la universidad apartando las turbulencias y escondiendo enigmas (2) La sexualidad humana, para la cual, paradójicamente, la excepción no es lo que confirma la regla, resulta de difícil encaje para el pensamiento universitario, que trabaja en el sentido inverso, centrado en las leyes generales y despreciando lo singular y excepcional. Parecido obstáculo enfrenta el concepto de cultura y, en general, todo saber relativo al hombre. Voltear este discurso del privilegio de lo universal no es tarea fácil en la universidad actual.

En la primera década del siglo veinte Jung invitó a Freud a leer un texto de ficción, una novela del escritor alemán Wilhelm Jensen publicada en 1903. El trabajo que sobre la novela publicó Freud en 1907 la haría mundialmente famosa y preservaría a su autor del olvido. (3) Por supuesto, estamos hablando de Gradiva. Una pieza de fantasía pompeyana. (4)

Todo el texto de Freud rezuma ironía y es una crítica abierta a la ignorancia de la ciencia en cuanto a la cuestión del erotismo. En contrapartida, el autor halla en la literatura y en los escritores a sus aliados. El atolondrado protagonista del relato de Jensen, el ciudadano alemán Norbert Hanold, un alma ascética dedicada por entero al estudio y la erudición, está consagrado en su tarea de pensador oficiante del progreso de la ciencia a un solo y único enigma, piedra filosofal de los arcanos del universo intemporal: la postura del pie de una muchacha tal como aparece representada en un bajorrelieve griego que el joven descubrió, y esa experiencia fue insólitamente gozosa, en el transcurso de una visita al museo del Vaticano. Sea dicho en su defensa, más vale un pie joven y bello, inútil en su insignificancia para la política internacional, que trabajar en un proyecto siniestro estrujándose el cerebro para contribuir al desarrollo del material armamentístico.

En el reverso de ese apéndice inferior tan favorable a la fijación fetiche del deseo masculino aparecerá algo que revela la esencial naturaleza estrambótica de eros, una extrañeza que el buen hacer del escritor, sin explicárnoslo, sabe mostrarnos. Asistimos asombrados a la sorprendente contribución de unas letras, no reconocidas como tales, al problema del erotismo: Zoe Bertgang. El nombre reprimido y cargado de afecto de su amiga no está, por lo que se verá, desconectado de la compulsión enigmática que mantiene encadenado a Norberto Hanold al pie del bajorrelieve. Gradiva, el nombre con que decide bautizar el arqueólogo a su fascinante figurita de mármol, es la traducción griega de la palabra alemana Bertgang, el apellido de la joven. Por consiguiente, el pie que lo fascina se puede leer como la escritura en pictograma de una frase: «la que avanza resplandeciente en su andar». Y el mismo pictograma permite ser leído como gradiva en lengua griega o como bertgang en lengua alemana. Traducirlo al griego es un modo de reprimir el significante peligroso. Mediante esta operación traslaticia de una lengua a otra, el ingenioso y nada fortuito Gradiva se convierte en el substituto admisible del Bertgang temido. Cierre en falso, porque la escritura del nombre olvidado empuja incansable en el síntoma compulsivo del pie para hacer valer su existencia. Nuestro querido Norbert Hanold ama a una letra en un pie. Su aislamiento y su obsesión recurrente en torno a la figura de mármol es un efecto del significante reprimido y aislado de la cadena asociativa de sus dichos.

Este ejemplo de ligazón del cuerpo con la palabra nos brinda una preciosa muestra literaria de la manera como en el erotismo humano la sexualidad lleva las marcas de la palabra. Un erotismo que hace descarrilar las leyes universales de la zoología, precisamente la disciplina que en la novela de Jensen absorbe todo el interés del padre de Zoe. Este aspecto del relato no carece de interés, porque parecería que la zoología ha de conducir nuestra atención a los descubrimientos de la vida y, sin embargo, asistimos a su incapacidad y desconocimiento en lo tocante a los enigmas que eros plantea. Asombrosa en sus avances, no alcanza a dar razones de la sexualidad humana más allá de lo que concierne a la reproducción de la especie. El padre, a buen seguro un sabio en las mil asombrosas perplejidades que nos plantean las especies más diminutas, está in albis de la tormenta de afectos que conforman la atmosfera y el clima de su vecindad familiar. En cuanto a Hanold, su pasión supuestamente asexuada por el pie de la joven desaparecida siglos ha y rescatada amorosamente del cloroformo intemporal del museo, esconde una sujeción ignorada a una ley de escritura singular que desmiente la cualidad de imagen del objeto.

Freud señala en el texto de ficción un magistral desarrollo narrativo que relata la transformación del síntoma neurótico de la compulsión por el pie en la emergencia altamente significativa de los dichos del protagonista, dichos que Zoe va a saber tratar como equívocos. (5) Y ahí está la clave de la solución, en esa atención privilegiada a la lectura de los dichos. Gracias al acto de confianza de Zoe en la realidad lenguajera escondida tras la supuesta imagen del pie, el arqueólogo puede realizar el pasaje a la dimensión de la palabra y a la apertura del quehacer equívoco que ésta posibilita; ambigüedad de la que se sabe servir la hábil muchacha jugando a los acertijos e insinuando la doble determinación de ciertas palabras significativas, la consciente y la inconsciente, un trabajo que va a permitir el paso del significante reprimido a la cadena del habla y la resolución de la fantasía delirante del protagonista.

«En el curso del tratamiento psicoterapéutico de un delirio o de una perturbación análoga suelen desarrollarse tales dichos de doble sentido en el enfermo como unos nuevos síntomas de extrema transitoriedad , (6) y hasta puede ocurrir que uno mismo esté en condiciones de valerse de ellos, en cuyo caso no es raro que con el sentido comandado para la conciencia del enfermo se incite la inteligencia para el sentido válido inconsciente. Sé por experiencia que este papel de la equivocidad suele suscitar el mayor escándalo y los mayores malentendidos entre los profanos, pero, comoquiera que fuese, el poeta acertó al figurar en su creación también este rasgo característico de los procesos sobrevenidos a raíz de la formación del sueño y del delirio». (7)

¿Qué nos enseña esta cualidad de enigmática que tiene para el hombre la sexualidad?

En el mismo recorrido de la enseñanza freudiana aparece la dificultad de anudar la sexualidad con el lenguaje. Freud, al inicio, escribe por un lado su obra relativa al lenguaje y al inconsciente, La interpretación de los sueños (1900), Psicopatología de la vida cotidiana (1901) o El chiste y su relación con el inconsciente (1905), y por otro lado, casi podríamos decir separadamente, sus trabajos relativos a la sexualidad, Tres ensayos de teoría sexual (1905). Tardará en anudar estos dos campos que se presentan en un inicio todavía un tanto ajenos entre sí.

Tampoco a Lacan le resulta fácil el anudamiento. La batalla mantenida para hacer frente el setting imaginario mayoritario entre los posfreudianos en la década de los 50 lo condujo a trabajar con ahínco en su enseñanza hasta colocar el lugar de lo simbólico, el correspondiente a las funciones de la palabra y las leyes y la estructura del lenguaje, en el centro de la experiencia analítica del sujeto. Sólo después de una larga trayectoria de reivindicación del terreno de la palabra en el ser hablante, emprenderá un viraje crítico respecto a su propio trabajo anterior para ubicar el cuerpo de goce, lo real de la pulsión.

Podría pensarse que las dificultades teóricas para localizar el lugar de la sexualidad son semejantes a la dificultad del neurótico, tan bien observada por Freud, de anudar amor y deseo.

No deja de ser una maniobra irónica de Freud mostrarnos en el texto literario que precisamente allí donde todo parece indicar la existencia del trabajo de pensamiento, se descubre que no hay tal. Norbert Hanold se esfuerza en vano en descubrir, agarrado al indicio de una figura de mármol de un museo, la historia de una joven pompeyana muerta en la erupción del Vesubio del año 79. ¡Menudo raciocinio! Resulta, en cambio, que hay pensamiento allí donde nadie afirmaría su existencia: ¡en los sueños del protagonista! También en las ficciones literarias hay un saber que la ciencia no sospecha.

«Ahora bien, los poetas son unos aliados valiosísimos y su testimonio ha de estimarse en mucho, pues suelen saber de una multitud de cosas entre cielo y tierra con cuya existencia ni sueña nuestra sabiduría académica.»(8)

El arqueólogo de las edades lejanas se irá acercando paulatinamente a su verdad. Horrorizado ante la posibilidad de encontrarse con una Zoe Bergang viva, se aferra a la fantasía de Gradiva, una figura de mármol muerta de hace siglos.

Otro protagonista literario más antiguo y más ilustre, Ulises, habiendo sido advertido por Circe, la hechicera, del peligro del encuentro con las sirenas, mandó hacerse atar al palo mayor de la nave y que le taparan ambas orejas con cera a fin de evitar sucumbir al encanto de sus voces, un señuelo cuya trampa mortal denuncian los cadáveres de demasiados infortunados marineros. Bellas y peligrosas hipnotizadoras de dulcísima voz, timbre de terciopelo sonoro cuyos pliegues de plácida cadencia ocultan un deseo mortífero de criatura ávida y salvaje.

Las sirenas, ya sean aves-mujer o pez-mujer, son seres que no cuentan más que con los atributos de la madre, su rostro y el pecho. No son, por consiguiente, mujeres, carentes como están de ese órgano marcado por Freud, en su relación al significante fálico, con el menos de la falta. Se trata de la madre todopoderosa de la tríada imaginaria de la infancia, la madre salvaje que todo lo entrega para pedirlo a su vez todo, esa bruja que todo niño quiere ver encerrada bajo llave en el armario.

Kafka explica el mito de otro modo en un relato titulado El silencio de las sirenas . Su nueva versión explica que Ulises se salvó de formar parte del menú del banquete caníbal gracias a que las sirenas esa vez no cantaron, y no, como dice Homero, porque la cera y los mástiles hubieran podido ser de alguna utilidad para hacer frente al poderío de su voz de embeleso; ellas decidieron callar en cuanto vieron la firme determinación de Ulises de mirar en dirección a un punto lejano, de aspirar a algo más allá de ellas y de la seducción de su ensalmo. Sólo sucumben los marineros que ya buscaban su pérdida.

En cuanto a nuestra Zoe, más vale muerta y momificada, una criatura de hace siglos, que un ser frente al cual reina el mayor de los peligros. ¿Fin del la historia? ¿La mujer sólo es Escila de frío mármol ofrecida al altar de la cultura (congelados La Sirena) o Caribdis de monstruo marino (¡Sálvame de sus garras, Papá!)?.

También Norbert Hanold debe pagar el precio de renunciar a la mujer divina, la mujer ideal, la de la voz de dura piedra eterna o del horror, por una promesa más limitada pero posible de una mujer real, la que lleva aparejado, igual que él mismo, el significante de la diferencia; princesa transformada en cenicienta con delantal de polvo, pero única capaz de sostener la llama que va a hacer del encuentro de los cuerpos una relación fallida pero posible.

Un trabajo de análisis supone el rescate de algo que había quedado sofocado y que es causa de un malestar en exceso. Ese algo es la deprimida función del deseo bajo el peso de la voz de los ideales familiares y sociales.

Colorín, colorado, los confites de boda del final de la novela están en sintonía con un momento dulce de Freud, el descubridor del esquivo deseo humano en el criptograma de los sueños; días para soñar, amaneceres en los que todavía el verde tierno de la cosecha, resultado del esfuerzo persistente y del coraje con los que un hombre fue capaz de cambiar la comprensión de ciertos fenómenos patológicos, le hace sentirse, por un momento, poseedor de las llaves de un futuro glorioso. Jung, su amado discípulo y un interlocutor a la altura del maestro, le anima y acompaña. Es 1907 y la nueva clínica es joven y llena de promesas. ¡Los neuróticos tienen las horas contadas! Bajo esta «hora intensa del mediodía», rota a instantes de fácil olvido por la risa viva y escéptica del inevitable pájaro burlón que lanza su chillido en medio de los regueros de tinta negra de la novela, las próximas dos grandes, enormes, enormes guerras, y los nuevos callejones sin salida y otros dolorosos cuestionamientos, parecen sólo pálidas manchitas a punto de desvanecerse en el límpido horizonte azul de una cálida y luminosa ciudad del italiano sur.

Barcelona, 26 de enero de 2009

NOTAS

(1) J. Lacan, El seminario, 20 , pág. 62: «Desde hace algún tiempo, se ve a las claras que el discurso universitario debe escribirse en francés uni-vers-Cythère , unidos-hacia-Citeres, ya que va a impartir educación sexual. Ya veremos a donde va a parar eso. Pero sobre todo nada de ponerle trabas. Que de ese punto de saber nada más, que se coloca exactamente en la posición autoritaria del semblante, pueda difundirse algo que tenga como efecto mejorar las relaciones de los sexos, es cosa mandada a hacer para provocar la sonrisa del analista. Aunque, después de todo, ¿quién sabe?».

(2) Thomas S. Kuhn, La función del dogma en la investigación científica. Valencia: Revista Teorema, 1979.

(3) S. Freud (1907) Der Wahn und die Träume in W. Jensens "Gradiva" .

(4) W. Jensen (1903) Gradiva. Ein pompejanisches phantasie stück.

(5) Zoe, al igual que el astuto Dupin de La carta robada de Edgar Allan Poe utilizada por Lacan en su enseñanza, sabe que la metáfora y la metonímia no pueden ser tratadas simplemente como inocuas figuras de una trasnochada retórica.

(6) El subrayado es mío.

(7) S. Freud, El delirio y los sueños en la «Gradiva» de W. Jensen (1907) Obras completas, 9. Amorrortu, pág. 71.

(8) Ídem . pág. 8.

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