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Dialéctica de la palabra en la experiencia psicoanalítica
por Mercè Altimir

Los psicoanalistas, sin duda, se interesan en el lenguaje,pero se interesan solamente en el límite con el cual el lenguaje tropieza.

Juan David Nasio, Cinco lecciones sobre la Teoría de Jacques Lacan

Este texto es fruto del trabajo realizado en el transcurso del seminario de lectura (1) de Función y campo de la palabra en psicoanálisis , un texto de 1953 cuya versión oral (distinta a la versión escrita, esta última más larga y elaborada) corresponde al llamado primer discurso de Roma de Lacan, la intervención del psicoanalista francés en septiembre de ese mismo año durante el Congreso de los Psicoanalistas de Lengua Romance. Este discurso, que debía ser un informe anual, fue escrito y defendido oralmente por su autor en el momento de ruptura con la Sociedad Psicoanalítica de París; estas circunstancias explican su tono irónico y batallador. Bien es cierto que esta posición de soledad y de crítica permanente no desaparecerá jamás en el transcurso de los posteriores largos años de enseñanza.

En concreto, me propongo comentar el apartado primero, titulado "Palabra vacía y palabra plena en la realización del sujeto". Mi intención es indicar tan solo algunos de los ejes del texto que a mí me han interesado especialmente.

El problema de la posición y la función del analista en la experiencia psicoanalítica ocupa un lugar central en Función y campo . Los tres apartados que constituyen el cuerpo del texto y que tocan por distintos ángulos la cuestión del analista, vienen precedidos por un "prefacio" en el que Lacan lleva a cabo de alguna manera el informe anual solicitado, pues efectivamente hace un repaso a las principales orientaciones dentro de la IPA, aunque solamente sea para criticarlas; sigue una "introducción", de la que recogemos la idea principal defendida por el autor. La podemos formular del siguiente modo:

La experiencia psicoanalítica, tal como la fundó Freud, no tiene otro fundamento que la palabra y el lenguaje. La palabra como función, y el lenguaje como lugar -campo, dice Lacan- del sujeto.

«Afirmamos por nuestra parte que la técnica no puede ser comprendida, ni por consiguiente correctamente aplicada, si se desconocen los principios que la fundan. Nuestra tarea será demostrar que esos conceptos no toman su pleno sentido sino orientándose en un campo de lenguaje, sino ordenándose a la función de la palabra.» (2)

Ahora, para iniciar nuestro comentario del apartado I, conviene que nos fijemos en su mismo título. «Palabra plena y palabra vacía» indica que no todas las dialécticas de la palabra entre analista y analizante son de igual naturaleza. Por otra parte, el resto del enunciado, la «realización del sujeto», plantea lo siguiente:

•  El sujeto no es algo dado de entrada. No es un ser de la naturaleza, sin memoria simbólica ni historia; al revés, éstas inclusive le preceden. Ya hemos dicho que el lenguaje es el lugar del sujeto. Por eso más adelante Lacan lo inscribirá con S mayúscula, o como S (sujeto dividido), con la intención de marcar su pertenencia al registro simbólico. Por supuesto, el sujeto no es la persona, ni tiene que ver con el ser.

•  El sujeto, por el contrario, debe realizarse en la dialéctica del análisis. Lacan utiliza la palabra dialéctica para subrayar el fundamento de la palabra en la experiencia psicoanalítica.

«Puede decirse en lenguaje heideggeriano que una y otra [la rememoración hipnótica y la representación hablada] constituyen al sujeto como gewesend , es decir como siendo el que así ha sido.» (3)

El marco dialéctico de la sesión

Sabemos que el psicoanálisis es una clínica bajo transferencia, es decir que en ella el amor juega su parte y su suerte. La cuestión del amor es una preocupación central para el analista desde que Freud tomó nota sorprendido de su intervención en la cura, y por esta razón Lacan señala la necesidad de distinguir entre los afectos, sentimientos y fenómenos pasionales, situados todos ellos en el eje imaginario y circunscritos por Freud como resistencia, y el amor como motor del trabajo psicoanalítico, el propiamente amor de transferencia, situado en la coordenada simbólica. Hay, en este sentido, una mención muy interesante en este escrito, y que es un indicio de la presencia ya en esta etapa inicial, de uno de los desarrollos posteriores de Lacan respecto al amor como don y respecto a la gratuidad bien entendida propia de cierto amor, una gratuidad que apunta a la cuestión del deseo del analista; es también una gratuidad que el analizante paga con dinero para que funcione. Se trata de la paradoja del deseo. El eje imaginario es siempre un lugar de reciprocidad, de intercambio entre vasos comunicantes donde se contabilizan las ganancias y las pérdidas; lo que se da es gratis sólo en apariencia, en calidad de un sacrificio temporal que no tarda ni duda en exigir cobrarse su precio en favores, sumisión u obediencia. Ojo por ojo, diente por diente. Una deuda cruel y un crédito cuyo importe de devolución es arbitrario. Sin embargo el amor tiene también una dimensión no simétrica que incluye la falta. Lacan relaciona en este texto el amor con la gracia , ese concepto del cristianismo que responde precisamente a un acto de amor externo a un cálculo de méritos. (4) Y realiza una aguda crítica a autores que, como Fenichel, sostienen que el amor es un problema relativo a la madurez alcanzada en el desarrollo de los estadios pulsionales. A esta concepción evolutiva y naturalista Lacan opone una concepción simbólica del amor.

«Es en el análisis de un caso tal [se refiere al Hombre de los Lobos] donde se ve bien que la realización de un amor perfecto no es un fruto de la naturaleza sino de la gracia (5) , es decir de una concordancia intersubjetiva que impone su armonía a la naturaleza desgarrada que la sostiene» (6)

La doble dialéctica de la palabra guarda relación con la cuestión del amor (narcisista) y el deseo, del yo y el sujeto, y del engaño y la verdad. Dependerá de la posición del analista el que la palabra inevitablemente vacía del inicio progrese hacia la vertiente de la palabra plena. Este apartado I está dividido en dos partes claramente diferenciadas por un espacio en blanco bien marcado en la página 244 (en la versión en español). En la primera Lacan desarrolla el tema de la palabra vacía y de los errores a los que se ve inducido el analista en caso de situarse en la posición que favorece esta dialéctica. En la segunda parte desarrollará la palabra plena, verdadero eje al que tiene que tender cualquier análisis si su cometido es la realización del sujeto.

Esta dialéctica entre palabra vacía y palabra plena tiene que ver con la particularidad de la experiencia psicoanalítica. El motor es la función del analista, que ha de ser el catalizador de una palabra no cualquiera del analizante. A éste último le corresponde el trabajo de reconocer en sus enunciados enigmáticos su propia palabra no cualquiera, palabra en que enuncia su posición subjetiva. Vamos a examinar estos dos ejes con más detalle:

Dialéctica imaginaria y dialéctica simbólica

En cuanto a la palabra vacía:

En referencia a la posición del analista. Si éste se ubica en la posición del semejante, favorece la relación imaginaria, consistente en una relación dual. En este eje hay una relación simétrica entre el yo ( moi) y el semejante ( otro en minúscula) y es el espacio de las identificaciones imaginarias. Conviene no olvidar que el Yo no es el centro de la actividad psíquica, sino solamente un efecto del narcisismo de los padres (7); no es causa de sus enunciados sino causado por las palabras con las que los otros significativos de la infancia le asignaron una identidad en la que reconocerse. Este es el error que precisamente Lacan critica en la práctica de la orientación mayoritaria de la SPP de ese momento.

Desde la perspectiva del semejante, lo que cuenta del analizante es principalmente su persona, sus emociones y afectos.

En cuanto a la función del analista, su tarea consiste en interpretar la resistencia, es decir, los afectos que tienen lugar en el nivel de la transferencia emocional con el analista y que supuestamente son los que le impiden una adaptación adecuada al entorno y el motivo principal del sufrimiento.

Esta posición y función promueve una inflación extenuante del Yo, al que Lacan no duda en esclarecer como una instancia de desconocimiento en oposición a la concepción propia de la corriente llamada psicología del yo, que lo considera la instancia de la realidad, de la adaptabilidad y de la autonomía.

«Este ego , cuya fuerza definen ahora nuestros teóricos por la capacidad de sostener una frustración, es frustración en su esencia. Es frustración no de un deseo del sujeto, sino de un objeto donde su deseo está enajenado y que, cuanto más se elabora, tanto más se ahonda para el sujeto la enajenación de su gozo. [...] Por eso no hay respuesta adecuada a ese discurso, porque el sujeto tomará como de desprecio toda palabra que se comprometa con su equivocación.» (8)

Precisamente, si el psicoanálisis es una experiencia que podemos calificar de singular, es porque defiende la existencia del sujeto y apuesta por él.

En cuanto a la palabra plena:

El analista se centra en la escucha del discurso del analizante dejando a un lado lo relativo a su persona o a los afectos.

Se subvierte la opinión común sobre la naturaleza de la palabra. Ésta no es un material de representación de conceptos y objetos exteriores a ella. No es un flatus vocis . La función primera de la palabra no es la representación, es materia prima en sí misma.

«Lo que enseñamos al sujeto a reconocer como su inconsciente es su historia: es decir que le ayudamos a perfeccionar la historia actual de los hechos que determinaron ya en su existencia cierto número de "vuelcos" históricos. Pero si han tenido ese papel ha sido ya en cuanto hechos de historia, es decir en cuanto reconocidos en cierto sentido o censurados en cierto orden.

[...] Para decirlo en pocas palabras, los estadios instintuales son ya cuando son vividos organizados en subjetividad .» (9)

El hecho de que la palabra y el lenguaje sean materia primera tiene otra consecuencia importante para la práctica clínica. Las emociones y sentimientos son efectos de la palabra y no al revés; y no hay modo de producir un cambio duradero y valioso en el análisis sino es operando en aquello que genuinamente sustenta el síntoma, la palabra.

La función del analista consiste en ser el motor de un proceso de reescritura llevado a cabo por el analizante -en esto Lacan sigue a Freud-, que parte de un documento desordenado y concluye en un texto correctamente dispuesto, sin blancos, embustes, incoherencias, saltos, ni deformaciones. Se trata del relato de la vida del analizante. Partimos de los restos textuales del naufragio de un libro, y trabajamos en pro de su restauración. Sin embargo, al final, el libro claro, aún siendo necesario, resulta no tener el valor que le suponíamos, pues aquello que verdaderamente importa es la transformación de la posición del sujeto que la reescritura actual del análisis ha operado. El sujeto necesitaba del trabajo textual dado que él es efecto de la palabra y su lugar es el campo del lenguaje. (10) Al operar de la manera correcta en el campo del lenguaje, orientados en función de la palabra, el sujeto se realiza.

Que existan dos vertientes de la palabra y cuatro letras en el álgebra lacaniana, dos en el registro imaginario: a, a' (el yo ( moi ) y el otro (el semejante), y dos de simbólicas: el S, sujeto del inconsciente, y el A, el lugar del lenguaje; y que estas dos posiciones viren, se balanceen durante el análisis, nos plantea la cuestión de la realidad humana, en su dimensión de engaño y verdad.

Es importante señalar la relación de la verdad con la palabra plena. En este momento de su enseñanza, Lacan plantea que, para nuestra especie, la de los seres hablantes, existe una necesidad más importante si cabe que las necesidades propias de la supervivencia, las necesidades naturales. De ello resulta una de las paradojas a las que nos enfrenta el psicoanálisis, su clínica. Lacan escribe:

«¿Pero qué era pues ese llamado del sujeto más allá del vacío de su decir? Llamado a la verdad en un principio, a través del cual titubearán los llamados de necesidades más humildes.» (11)

La dialéctica de la palabra vacía y la palabra plena corresponde por tanto a la dialéctica entre el engaño del yo, que habla, vacíamente, sin saber lo que dice, y la dialéctica de la verdad, en la que el sujeto se acerca (sin idealmente tocarla) a lo que sería su verdad última.

Una primera consecuencia es esta doble incidencia de la verdad y del engaño en los seres hablantes, que explica a su vez la existencia de ese balanceo entre las dos vertientes de la palabra. Convendrá distinguirlas con precisión. Lacan señalará que los animales son capaces de engañar, y por supuesto son susceptibles de engaño, pero no son capaces en cambio de mentir. Por eso son ajenos a la gracia : a la del amor en falta, que, a diferencia del amor narcisista, reconoce el deseo del sujeto; y a la del chiste, que dice la verdad contrariando el engaño. La verdad del sujeto no tiene relación con la verdad objetiva sino con la de su palabra; si la experiencia analítica muestra que con el reconocimiento de nuestra verdad el sufrimiento se alivia de manera permanente, ello es entonces índice de la importancia de la verdad y del fundamento de la palabra en el ser hablante, y de la necesidad, por consiguiente, de una clínica del sujeto.

Palabra vacía en tanto ninguna transformación ni novedad puede esperarse de ella. Palabra plena, en tanto la palabra es acto, es inaugural y es realización del sujeto.

El último punto que quería comentar me remite a Freud, a los Tres ensayos de teoría sexual de 1905.

La experiencia del muro en los seres hablantes

Escribe Freud. Se trata de una cita un poco extensa:

«Parece seguro que el neonato trae consigo gérmenes de mociones sexuales que siguen desarrollándose durante cierto lapso, pero después sufren una progresiva sofocación; ésta, a su vez, puede ser quebrada por oleadas regulares de avance del desarrollo sexual o suspendida por peculiaridades individuales. Nada seguro se conoce acerca del carácter legal y la periodicidad de esta vía oscilante de desarrollo.

[...] Las inhibiciones sexuales . Durante este período de latencia total o meramente parcial se edifican los poderes anímicos que más tarde se presentarán como inhibiciones en el camino de la pulsión sexual (el asco, el sentimiento de vergüenza, los reclamos ideales en lo estético y en lo moral). En el niño civilizado se tiene la impresión de que el establecimiento de esos diques es obra de la educación, y sin duda alguna ella contribuye en mucho. Pero en realidad este desarrollo es de condicionamiento orgánico, fijado hereditariamente, y llegado el caso puede producirse sin ninguna ayuda de la educación. Esta última se atiene por entero a la esfera de competencia que se le ha asignada cuando se limita a marchar tras lo prefijado orgánicamente, imprimiéndole un cuño algo más ordenado y profundo. »(12)

La cita es larga pero vale la pena. Freud señala la existencia de un muro que establece dos momentos bien diferenciados en el desarrollo sexual del niño. Lo que resulta extraño, leído décadas más tarde, es la causalidad orgánica que otorga a esa barrera que hace de límite al goce infantil perverso polimorfo; no logramos comprender porque una causa orgánica puede tener unos efectos de naturaleza tan simbólica como son la estética, la moral o la vergüenza. Entre causa y efecto existe una contradicción. He ahí uno de los impasses de Freud que resolverá Lacan mediante la sustitución de la causalidad natural por la causalidad del lenguaje. Para Lacan, la causa de la existencia de la barrera no es orgánica sino que responde a una dimensión heterogénea a la realidad biológica del ser humano. De ahí la importancia de destacar la significación de la dimensión simbólica como materia primera, insuficientemente esclarecida por Freud, circunstancia que ha favorecido la ajenidad a la palabra de los posfreudianos en su práctica. Fue mérito de Lacan haber tomado nota de la contradicción, y haber sacado de ello las consecuencias oportunas para seguir avanzando.

El muro, la barrera no es otra que la ley del lenguaje, la misma que encuentra Lévi- Strauss operando subyacentemente en los intercambios de bienes y las relaciones de parentesco. El lenguaje es también ley.

La oscilación entre una y otra vertiente de la palabra, entre palabra vacía y palabra plena, es señal de que la barrera fue efectivamente instaurada. Se ejecutó la ley, que es corte del vínculo incestuoso entre la madre y el hijo, un vínculo que carece del reconocimiento de las diferencias y en cuyo interior lógico el niño trata de ser el objeto del deseo del otro. Ese objeto es el falo imaginario, y la ley señala ese lugar como un agujero en lo simbólico; el significante fálico siempre es faltante.

De modo que la naturaleza del muro es simbólica. Cuando la palabra oscila en la vertiente vacía, analista y analizante se inclinan en la orientación imposible que trata de dar existencia al objeto de falo imaginario. Por el contrario, en la función de la palabra plena, el vínculo entre analista y analizante se orienta en la dirección de la desidentificación y de la no posesión del objeto fálico y del reconocimiento del significante de la falta en el Otro del lenguaje, de la falta de completud del Otro.

Al neurótico, de algún modo, la barrera le cayó mal; o se somete obediente a los límites impuestos, o se rebela contra ellos como si su misión en la vida consistiera en desmentir y cuestionar la existencia del límite. Esta es la experiencia clínica más inmediata.

Precisamente la realización del sujeto del título supone la tarea inevitable para todo s ujeto de volver a atravesar el muro que una vez nos detuvo. Porque resulta necesario distinguir entre el pudor, la vergüenza y la moral propia del neurótico y la necesidad de la realización de un sujeto que, eso sí, aceptando la sujeción a las condiciones del otro del lenguaje, es capaz de enunciar la verdad de su deseo con suficiente decisión, desvergüenza, impudor y crítica frente a una moral social cualquiera, que carga a las espaldas del sujeto hablante unos fardos injustamente pesados. .

Son dos momentos, un primer momento en que el perverso polimorfo de Freud es afectado por el muro, la barrera de la ley del lenguaje impuesta por el lenguaje mismo como agente de la prohibición, la barrera del incesto, y un momento posterior en el que el sujeto debe ahora traspasarla, habiendo aceptado el límite de la ley que prohíbe el vínculo incestuoso con el otro, pero asumiendo resueltamente la fuerza de empuje y de transgresión necesaria de su propio deseo.

4 de febrero del 2009

NOTAS

(1) Curso 2008-2009.

(2) De la versión en español, J. Lacan, Escritos I . Madrid: siglo XXI, 1971. Pág. 236.

(3) Ídem . Pag. 245.

(4) El Dios de Lutero no ama al hombre por lo que espera recibir de él a cambio, no lo ama por su obediencia. El pecado original no se puede borrar, la naturaleza desgarrada no puede ser reparada. El amor de Dios, la gracia, pertenece a una dimensión distinta a la de las buenas obras.

(5) El subrayado es mío.

(6) Ídem . Pág. 254.

(7) En el esquema L, un poco posterior a este escrito, al yo (moi) le llegan dos vectores, uno procedente del a' (otro minúscula) y otro del A (Otro mayúscula); del a (yo- moi ). no sale ningún vector.

(8) Ídem . Pág. 240.

(9) Ídem . Pág. 251. El subrayado es mío.

(10) En el esquema L, del A sale el vector hacia S (sujeto); en la experiencia, (S) dirige su palabra al destinatario analista (a', otro minúscula correspondiente a la persona del analista) y recibe su respuesta de A, el inconsciente del entre-dos, tal como testimonian, por ejemplo, los casos de telepatía. Operamos en A y ello tiene efectos en S.

(11) Ídem . Pág. 238.

(12) S. Freud, «Tres ensayos de una teoría sexual » en: Obras completas, 7 . Buenos Aires: Amorrortu, págs. 160-161. El subrayado es mío.

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